~ Traducción realizada por Alexander Jordan Holmes-Brown, LT Archives, 04 Dic., 2025
LOS TEQUES, Venezuela — En la década transcurrida desde que Camilo Torres murió en una emboscada del ejército en los Andes colombianos, la leyenda del sacerdote-guerrillero se ha ido desvaneciendo. Aunque sigue siendo venerado en algunos círculos estudiantiles de izquierda, Torres ya no inspira la imitación de religiosos rebeldes latinoamericanos, muchos de los cuales consideran hoy que su gesto de unirse a la guerrilla fue equivocado o inútil.
No solo ha fracasado la guerrilla rural como arma política en los países latinoamericanos, sino que la violencia misma es vista ahora por el ala progresista de la Iglesia católica como contraproducente para lograr cambios significativos en las estructuras políticas y económicas. Más que Cuba, los recientes acontecimientos políticos en Chile han mostrado a la Iglesia latinoamericana lo fácil que es que “los oprimidos se conviertan en opresores”. El entusiasmo inicial por una “dictadura del proletariado” marxista en Chile se ha marchitado ante la experiencia de un violento régimen militar de derecha. Cualesquiera que sean las fallas de la democracia, hoy parece infinitamente preferible a las dictaduras de derecha e izquierda que gobiernan a dos tercios de la población latinoamericana. Y así, Dom Helder Câmara, el suave arzobispo brasileño que predica la resistencia no violenta, ha reemplazado a Torres como profeta del continente.
En contraste con las breves y muy publicitadas incursiones guerrilleras del colombiano, cientos de otros sacerdotes han venido realizando en los últimos cuatro años una revolución silenciosa, completamente distinta y mucho más eficaz, al asumir un compromiso político con los pobres. No partidista, no violento pero profundamente radical, este compromiso ha impulsado a la Iglesia latinoamericana a un papel de liderazgo en el Tercer Mundo. Al convertirse en “la voz de los sin voz”, al defender los derechos humanos y denunciar la injusticia y la pobreza, la Iglesia no solo ha renunciado a sus vínculos históricos con las clases dominantes tradicionales de América Latina, sino que también ha provocado un resurgimiento religioso con implicaciones políticas y económicas mucho más importantes que cualquier acción guerrillera.
Aunque el compromiso con “los sin voz” fue anunciado formalmente hace ocho años en Medellín, Colombia, cuando la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) lanzó un ataque sin precedentes contra las estructuras económicas y políticas del continente, fue la base religiosa, y particularmente la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR), que representa a 457 órdenes con 170,000 sacerdotes y religiosas, la que asumió la tarea de llevarlo a cabo.
Si bien los obispos tienen una idea general de las condiciones económicas y sociales en sus diócesis, son las religiosas y los sacerdotes quienes lidian con los problemas cotidianos de la pobreza. “Hay una enorme diferencia entre una estadística y la realidad”, explicó un jesuita venezolano. “Los obispos pueden estar de acuerdo en que existe ‘violencia institucionalizada’ en América Latina porque las estadísticas muestran que dos tercios de la población está desnutrida, mal alojada, es analfabeta y vive en la miseria. Pero solo viviendo en un barrio pobre o en una aldea rural se puede apreciar plenamente lo que significa esa violencia en términos humanos: la muerte innecesaria de un niño, el hambre de una familia, la pérdida de la fe.
“Algunos obispos quizá pensaron que los documentos de Medellín eran solo palabras. Para nosotros en la base, son un plan de acción.”
También fue la base la primera en reconocer la erosión profunda del catolicismo en América Latina. Aunque el 90 por ciento de los 310 millones de habitantes son bautizados como católicos, lo que convierte a América Latina en la mayor población católica del mundo, menos del 20 por ciento entiende lo que significa ser cristiano. Y esto también explica la opción política de la Iglesia por los pobres. “La pregunta fundamental que debe guiarnos es: ¿cómo hablar a nuestros hermanos, a todos los hombres, del amor de Dios en un contexto de desnutrición, analfabetismo, dependencia económica, marginación política, desempleo y salarios injustos?”, afirma un documento de la CLAR titulado “Vida Religiosa y Compromiso Político-Social”.
CLAR sostiene que la Iglesia debe ayudar a “liberar a los pueblos de toda forma de opresión” para que “pueda nacer una nueva conciencia que reemplace el fatalismo por la autoconciencia”.
“¿Es voluntad de Dios que un niño indígena muera de hambre, o se debe a las estructuras feudales de la tierra en mi país y a la pobreza infrahumana de 2.4 millones de peones indígenas?”, preguntó el padre Delfín Tenesaca, sacerdote indígena ecuatoriano.
“¿Cómo podemos esperar que las personas sean cristianos generosos y amorosos cuando su lucha diaria es conseguir lo suficiente para siquiera un tazón de sopa sin carne?”, añadió el padre John Halligan, jesuita neoyorquino que trabaja con niños de barrios pobres de Quito.
Frente a esta realidad, CLAR sostiene que no es posible un renacimiento espiritual en América Latina sin bienestar material. La Iglesia debe “insistir en que los bienes celestiales ya están aquí en este mundo”, explica CLAR.
La base religiosa también está enfrentando la brecha comunicacional en el cristianismo latinoamericano. Órdenes religiosas que trabajan en el altiplano peruano y boliviano, por ejemplo, han fomentado que la población indígena desarrolle una “religiosidad popular” utilizando tradiciones y lenguas locales para comprender el cristianismo en lugar de imponer interpretaciones culturales europeas o estadounidenses. Aquí, como en Brasil, el resultado ha sido un auge del catolicismo, pero de un tipo muy distinto al de la misión indígena tradicional, mucho más cercano en espíritu y forma a las primeras comunidades cristianas de Roma.
A diferencia de Estados Unidos o Europa, donde los intentos de renovación religiosa siguen estancados en disputas teológicas, los latinoamericanos han centrado su misión de rescate en los grandes temas de la pobreza y la injusticia. Por ejemplo, el voto de pobreza, según CLAR, significa vivir, comer y trabajar con los pobres e identificarse con sus frustraciones y aspiraciones, su lenguaje y sus tradiciones culturales.
El presidente de CLAR, Carlos Palmes, informa de un “éxodo” hacia los barrios marginales y las zonas rurales empobrecidas de parte de sacerdotes y religiosas que antes estaban destinados en diócesis ricas o de clase media. La Congregación del Sagrado Corazón, por ejemplo, ha anunciado que solo iniciará nuevos proyectos educativos en las regiones más pobres de América Latina. Los jesuitas, en su último congreso mundial, también acordaron que la opción por la justicia social y por los pobres es una parte esencial de la evangelización. Y en países tan diversos como Venezuela, Bolivia y Argentina, las religiosas están dejando las escuelas de los ricos para iniciar programas de acción social en barrios humildes y áreas rurales.
Aunque CLAR reconoce el valor de las obras tradicionales de caridad, como hospitales y orfanatos, el énfasis hoy está en “concientizar” a los pobres acerca de sus derechos y responsabilidades en cooperativas y sindicatos, comunas indígenas y grupos de acción comunitaria, y aprender así qué significan la democracia y la participación. En Brasil, por ejemplo, 40,000 “comunidades eclesiales de base” están aprendiendo desde cero cómo funciona la democracia después de 12 años de dictadura militar.
Los programas de “concientización”, o despertar cívico, promovidos por la Iglesia están siendo duramente atacados por la mayoría de los regímenes militares latinoamericanos, pero la violencia que surge de este conflicto es muy distinta de la que preconizaban Camilo Torres y sus primeros seguidores. Mientras que la guerrilla era una solución marxista violenta para las desigualdades sociales y económicas de América Latina —y por ello inaceptable para la gran mayoría de sacerdotes y obispos—, lo contrario ocurre con la concientización, que esencialmente significa igualdad de derechos en una sociedad democrática.
Las denuncias eclesiales sobre detenciones ilegales, torturas y otras violaciones a los derechos humanos ya son suficientemente graves. Pero los programas de concientización atacan el corazón mismo de las estructuras de poder en América Latina.
Los campesinos hambrientos y analfabetos no hacen revoluciones en América Latina, como Ernesto “Che” Guevara pudo comprobar dolorosamente en Bolivia. Al contrario, el registro histórico muestra que la disidencia política crece en proporción con la educación. Hace años que los sociólogos argentinos predicen la posibilidad de una guerra civil, y hoy el país atraviesa un sangriento conflicto entre derecha e izquierda. Los argentinos son el pueblo mejor alimentado y más alfabetizado de Sudamérica. Cuba, cabe añadir, tenía uno de los niveles de vida más altos del Caribe cuando Fidel Castro lanzó su revolución exitosa.
Aunque CLAR admite que quizá sea utópico creer que la Iglesia pueda guiar a los latinoamericanos hacia nuevas soluciones políticas no violentas, que no sean ni de extrema izquierda ni de extrema derecha, la confederación insiste en que es importante intentarlo. “De lo contrario, la Iglesia se quedará atrás y perderá la poca influencia que le queda en América Latina”, explicó un portavoz de CLAR.
Por definiciones políticas, CLAR no se refiere a partidos políticos, pues los sacerdotes y las religiosas latinoamericanos consideran que perderían su eficacia si adoptaran una postura partidista. La concientización católica de los grupos de base busca promover la madurez cívica y los valores cristianos, particularmente el mandamiento de amar al prójimo. Por ejemplo, en Brasil, si un miembro de un grupo de base es encarcelado, los demás miembros se aseguran de que su familia sea atendida y, si vive en una zona agrícola, de que se cultive su pequeña parcela de tierra. Aquí de nuevo el espíritu del grupo se asemeja a las pequeñas organizaciones democráticas de los primeros cristianos, pero en un contexto moderno, como una minga o una jornada comunitaria en la que todos los vecinos participan.
En países como Brasil, donde un largo régimen militar ha eliminado la mayoría de las tradiciones políticas, los programas de concientización de la Iglesia ofrecen la única posibilidad de que nazcan nuevas ideas políticas. “Hoy se dice abiertamente en Brasil que la Iglesia ofrece la única alternativa institucional al gobierno militar”, afirmó un franciscano brasileño.
Esto no sugiere una teocracia ni siquiera un gobierno demócrata cristiano. Más bien, la Iglesia brasileña se concibe como un faro, la única institución del país con suficiente poder para desafiar al gobierno militar en la violación de los derechos humanos y para estimular el crecimiento gradual de tradiciones democráticas que “algún día permitirán al pueblo elegir su propia forma de gobierno”, explicó el franciscano.
Como en Chile y Paraguay, el poder de la Iglesia brasileña ya no depende de sus bienes materiales o de su influencia sobre los gobernantes. (La mayoría de los obispos brasileños se oponen abiertamente al régimen militar.) Su poder proviene de su decisión de situarse claramente del lado de los pobres y los oprimidos. Gracias a la autoridad moral de la Iglesia y a que no tiene intereses partidistas, ha perdurado donde sindicatos, federaciones estudiantiles y partidos políticos no han podido hacerlo.
Aunque la Iglesia católica siempre ha sido una institución política en América Latina, esta es una postura completamente nueva, que rechaza los viejos vínculos con la aristocracia terrateniente y la élite industrial para adoptar una actitud más crítica, incluso desafiante, ante los grupos de poder existentes.
El cambio no ha ocurrido de la noche a la mañana ni es uniforme en toda América Latina. Pero los denominadores comunes existen aunque el ritmo del cambio varíe.
Así como la educación fomenta la conciencia política, la represión ha obligado a la Iglesia a cuestionar sus vínculos políticos tradicionales en América Latina, en particular desde el Concilio Vaticano II de 1962-65, cuando la Iglesia denunció la pobreza y la injusticia social.
Al hacer preguntas y criticar injusticias, la Iglesia ha provocado más represión y esto, a su vez, ha profundizado la distancia entre el Estado y la Iglesia. También ha aumentado la unidad interna de la Iglesia. En Paraguay y Brasil, por ejemplo, donde los regímenes militares han gobernado por más tiempo que en cualquier otro país sudamericano, obispos, sacerdotes y religiosas están singularmente unidos en su oposición al gobierno. Igualmente significativo es que estas iglesias estén a la vanguardia del progresismo con una visión política esclarecida.
En contraste, la Iglesia mexicana es “conformista”, según el hermano José Luis Razo, uno de los representantes de CLAR en México, y esto se debe en gran parte a la libertad religiosa, cree él. “La situación probablemente sería muy distinta si la Iglesia mexicana tuviera que enfrentar la represión que ha experimentado la Iglesia chilena o si los sacerdotes que trabajan en los barrios pobres fueran acosados por los servicios de inteligencia militar como ha ocurrido en Argentina.”
El otro denominador importante del cambio ha sido el impulso desde la base religiosa, que si bien rechaza los métodos violentos y el partidismo marxista de Camilo Torres, ha llegado a reconocer la justicia de sus denuncias sobre pobreza y represión. CLAR ha desempeñado un papel clave en este despertar mediante 400 conferencias y seminarios nacionales y hemisféricos, y un flujo constante de publicaciones que enfatizan la necesidad de comprender mejor las causas económicas y políticas de la pobreza y la injusticia en América Latina. El año pasado, por ejemplo, la organización con sede en Bogotá realizó seis cursos para superiores generales latinoamericanos, muchos de los cuales organizaron posteriormente sus propios cursos locales para transmitir lo aprendido en las reuniones de CLAR.
“Los sacerdotes y las religiosas son como los remos de un bote; sin ellos un obispo no puede remar”, dice un refrán eclesial. Y esto es cada vez más evidente en América Latina. El Concilio Vaticano II no solo fomentó el desarrollo de una conciencia social, sino que también sentó las bases para una Iglesia más democrática en la que laicos, sacerdotes y religiosas son tan importantes, a su manera, como los obispos. Aunque la autoridad eclesiástica sigue siendo un principio básico en la Iglesia latinoamericana, los obispos ya no pueden esperar que el rebaño los siga ciegamente, no después de que el Concilio Vaticano II abrió las compuertas. Además, cada sacerdote y religiosa cuenta en América Latina porque hay muy pocos para atender las necesidades de la población: solo un sacerdote por cada 5,000 católicos bautizados, frente a uno por cada 730 en Estados Unidos. En consecuencia, ha habido más consultas y un mayor intercambio de ideas entre obispos y sacerdotes, y en este sentido la base está gradualmente concientizando a la jerarquía.
La combinación de represión y concientización puede producir cambios radicales en la Iglesia de un país; el mejor ejemplo es Chile. Profundamente dividida durante el gobierno socialista de Salvador Allende, la Iglesia chilena ha cerrado filas desde que el régimen militar de derecha tomó el poder en 1973.
Si bien su papel inicial tras el golpe fue mediar y pacificar (las iglesias sirvieron como lugares para la entrega voluntaria de armas por parte de la población civil), pronto la Iglesia se vio obligada a protestar contra las violaciones de derechos humanos. También está manteniendo vivas algunas tradiciones democráticas al brindar protección a sindicatos y grupos comunitarios de barrios pobres. “La Iglesia es la única institución en Chile hoy que puede darse el lujo de protestar”, dijo un jesuita chileno.
La unidad en la diversidad no es inusual. Pero en el caso chileno, ha sido reforzada por un cambio en el pensamiento teológico y político.
La principal causa de la división dentro de la Iglesia durante el gobierno de Allende fue la militancia de un pequeño grupo de sacerdotes de izquierda llamados Cristianos por el Socialismo. Como los propios socialistas de Allende, eran impacientes, extremos y a veces estrechos de mente. Muchos de sus ataques contra la jerarquía eclesiástica fueron insultantes en lo personal, especialmente contra el cardenal Raúl Silva, convertido en el principal villano porque la Iglesia no estaba dispuesta a lanzarse de cabeza a la revolución. Sin embargo, es el cardenal Silva, más que cualquier otro hombre en Chile, quien ha sido responsable de la firme defensa de los derechos humanos por parte de la Iglesia bajo el régimen militar.
Así como muchos seguidores de Allende han reflexionado desde entonces sobre la locura de una revolución precipitada, sacerdotes y religiosas de toda América Latina han aprendido de esta experiencia que la violencia solo engendra más violencia. La leyenda de Camilo Torres murió con Allende.
Mientras un grupo de religiosos retrocedía del borde del extremo izquierdo, otro se alejaba de la derecha debido a la represión del régimen militar chileno. Ambos se han visto obligados a reconsiderar las posturas que asumieron durante el gobierno de Allende y, como resultado, dijo un sacerdote chileno, ahora existe “un grado mucho mayor de tolerancia política”.
Esto también se refleja en la población laica. “Personas que solían decir que una revolución marxista debía realizarse a cualquier costo, incluso si significaba matar a chilenos ricos, han cambiado completamente de opinión porque ellas mismas han sufrido prisión y tortura”, dijo. “Ellos y sus familias ahora saben que el precio político es demasiado alto en términos de sufrimiento humano.”
Como en Uruguay, también gobernado por un régimen militar de derecha, del encarcelamiento ha surgido un arte popular que enfatiza el amor al prójimo y el perdón. “Es un precio terrible de pagar, pero esta represión ha sido una experiencia purificadora”, dijo el sacerdote chileno.
La experiencia chilena también ha hecho descender a los teólogos de las nubes. La teología de la liberación —una explicación teológica de la concientización, formulada por primera vez a fines de los años sesenta— fue rebautizada como teología del cautiverio para reflejar el cambio en las condiciones políticas de América Latina. Pero es más que un cambio de nombre. Nacida de la experiencia de religiosos en campus universitarios latinoamericanos, donde el fermento revolucionario es siempre más intenso, la teología de la liberación era una teología de élites, dijo un teólogo brasileño, porque concebía soluciones a problemas políticos y económicos desde el punto de vista de quienes estaban en la cima de la escala social. “La teología del cautiverio regresa por completo a la base y trabajará desde allí”, dijo. “¿Cómo podemos desarrollar una teología de las masas si no surge de la experiencia de los grupos de base?”
Hasta ahora, esa experiencia sugiere alguna forma de socialismo católico, no los excesos desenfrenados de los Cristianos por el Socialismo, sino una forma de gobierno más humana, verdaderamente cristiana y adecuada a la herencia cultural particular de América Latina. “Los europeos ven con extrema cautela este tipo de pensamiento”, dijo el padre Enrique Systermans, secretario general de la Unión de Superiores Generales en Roma. “Pero eso se debe a que han tenido una experiencia histórica distinta. Es posible que el socialismo se ajuste a las necesidades latinoamericanas.”
“El socialismo es una mala palabra para mucha gente”, añadió el padre Albert Dumont, secretario de la Confederación Canadiense de Religiosos, “pero solo por las diferentes interpretaciones. En Canadá, por ejemplo, puede que no lo llamemos así, pero tenemos un gobierno socialista para todos los efectos prácticos.”
Cualesquiera que sean las respuestas políticas, no serán inmediatas ni fáciles. “La liberación es fruto de un proceso largo y doloroso”, advierte el documento de CLAR sobre el compromiso político-social. “Por eso, los religiosos, más que nadie, deben seguir esperando aunque no haya esperanza de un cambio inmediato. El religioso sembrará, probablemente sin ver crecer la semilla, florecer la planta o madurar el fruto.”
El religioso también siembra al riesgo de su vida. “Ha llegado el momento para que la Iglesia tome posición y arriesgue su vida”, explicó Mons. John Joseph Fitzpatrick, presidente de la División Latinoamericana de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos. “Y no cabe duda de que en América Latina esto significará una nueva forma de martirio.”
Pero no el tipo de muerte espectacular que eligió Camilo Torres. Ahora se trata de otro tipo de riesgo y de compromiso: el valor silencioso de personas desarmadas que trabajan contra viento y marea en los barrios marginales y zonas rurales empobrecidas. El año pasado, dos de estos hombres fueron asesinados en Honduras, uno estadounidense y el otro colombiano. Los padres Jerome Cypher e Iván Betancourt fueron brutalmente torturados antes de ser asesinados por sicarios de los grandes terratenientes en el departamento de Olancho, en el este de Honduras. Su “delito” fue apoyar a un sindicato campesino local.
Honduras es uno de casi una docena de países latinoamericanos donde sacerdotes y religiosas han sido encarcelados, torturados y, a veces, asesinados. Treinta clérigos han sido encarcelados solo en Brasil. Y habrá más represión, advierte el presidente de CLAR, Carlos Palmes.
Con todo esto, las frustraciones de los años sesenta, cuando la opción de Torres parecía el único medio de protesta, han tendido a desaparecer gracias a la clarificación de los objetivos políticos y sociales. Al mismo tiempo, la vida religiosa está experimentando una renovación profunda a través del compromiso de la Iglesia con los pobres. El número de deserciones ha disminuido y las vocaciones están comenzando a aumentar, informa Palmes. Aunque la Iglesia aún enfrenta innumerables problemas, sacerdotes y religiosas coinciden en que existe un mayor sentido de esperanza y de desafío que en muchos años.
Reunidos en Los Teques, Venezuela, en febrero para la sexta asamblea general de CLAR, 90 delegados de 20 países latinoamericanos describieron un centenar de problemas distintos: en su trabajo con los pobres, en las comunicaciones sociales, en la vida religiosa misma. Pero no hubo sensación de desesperanza. Al contrario, la mayoría coincidió con Palmes en que “la Iglesia latinoamericana vive el momento más rico de su historia.”
~ Traducción realizada por Alexander Jordan Holmes-Brown, LT Archives, 04 Dic., 2025

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