
Castro, Flora. “Ausencias y presencias de la mujer latinoamericana en el conflicto entre la fe y la praxis política” in Mujer Latinoamericana: Iglesia y Teología. Mexico City: s.n., 1981
This chapter was digitised by the Liberation Theology Archives as part of the Apr-Jun LTA boletín on the Mujeres para el diálogo meetings of 1979-1981 and beyond.
This is the Spanish language address given to the second symposium organised under the banner of the Mujeres para el diálogo. For the Liberation Theology Archives English translation, click here. For a dual language, side-by-side, presentation of this material, join the LTA as a subscriber.
Podemos decir que en general se da una ausencia de la mujer en los procesos revolucionarios de liberación de América Latina. Decimos en general, pues, en particular, no podemos negar su participación muchas veces en forma muy destacada y jugando un papel muy importante dentro de ciertas estructuras organizativas; pero, por eso mismo, por ser porcentualmente baja su participación, aquellas que se destacan adquieren notoriedad y juegan un rol fundamental en las organizaciones en las cuales actúan.
Hablamos, por lo tanto, de la mujer en general, tanto la indígena, como la mestiza y la criolla, de todos nuestros países que van desde el Río Bravo hasta la Patagonia, en las cuales, a pesar muchas veces de diferencias dadas por diversas culturas o influencias extranjeras, encontramos un denominador común: la poca participación femenina en los niveles de decisión, su indiferencia muchas veces, ante la problemática de Latinoamérica en general y de su país en particular, su inercia ante una sociedad que la aplasta, su aceptación resignada de una realidad alienante en la cual le toca a ella asumir el peor papel y la poca criticidad ante un sistema que la oprime, la usa y la condiciona.
Sin embargo, a pesar de ello han ido surgiendo “algunas” que, superando barreras, prejuicios e inconvenientes, se suman desde distintos puestos a las luchas de liberación y son verdaderos ejemplos, llegando a convertirse en muchos casos en líderes de su comunidad o grupo de acción.
Pero la excepción confirma la regla, dice el refrán, y trataremos de analizar y ver desde aquí los motivos de las ausencias y las formas de superarlas.
Nuestras sociedades de América Latina son, en general, machistas. En ellas el hombre lo puede todo potencialmente y la mujer tiene limitaciones de todo tipo, que comienzan por su sexo y se continuan con su lugar dentro de la sociedad, como asi también su nivel de estudios y grado de escolaridad ge neral, que determinarán a su vez los lugares que ocupará dentro de la fuerza de trabajo.
Trataremos de profundizar ahora en general los motivos que determinan esta situación.
1) SU FORMACIÓN FAMILIAR
La mujer, por lo general, nace y crece en una familia tipo, donde desde pequeña se le inculcan todos los valores que esta sociedad le tiene asignados. Para empezar trata de asumir la imagen que su madre le transmite e inculca: dedicación al hogar, al esposo, a los hijos, ocupándose de la administración de la casa de su cuidado, su limpieza, aprendiendo de las tareas femeninas – (cocinar, limpiar, ordenar, hacer compras, lavar, planchar, etc.): podemos decir de ella que es un animal doméstico.
Por otro lado, toda su formación y hasta sus juegos están organizados y dise nados en la misma línea: frente a sus hermanos hace el papel de “pequeña mamá”; hay que ir despertando en ella -se dice- sus habilidades para que el dia de mañana pueda ser una buena ama de casa y por consiguiente una buena madre.
Llega luego el momento de encauzar sus estudios, ¿Cómo se la guiará? No es tan necesario en ella el estudio; con un nivel secundario y aún primario puede bastarle; pero en caso de continuar se le recomendará que lo haga en aquellas carreras que refuercen su formación femenina: trabajos manuales, enfermería, partera, trabajadora social, secretaria ejecutiva, maestra, etc.
Y luego… ya conocemos el fin de la historia. Al llegar a la juventud, a veces incluso sin haber concluido sus estudios, aparece la perspectiva de casar se, formar un hogar, tener su casa; y el ciclo se repite: pasa a ser la ama de casa y madre, repite los moldes que recibió en su hogar, el modelo que le impusieron.
Esto se va repitiendo por generaciones, aunque no en forma lineal; las condiciones sociales cambian, se evoluciona, la mujer de hoy no es la muchachita tímida de ayer, que pasaba del hogar paterno al de su marido, repitiendo con algunas variantes el modelo descrito. Las crisis sobreviven sobre la familia tradicional, y hoy podemos decir que asistimos al resquebrajamiento de la misma, todo se tambalea, las familias se rompen, ya no se acepta el modelo estático de la misma. Pero ¿qué papel juega en ello la mujer? ¿Ha cambiado su situación? ¿O, por el contrario, esta crisis agrava su dependencia? Prueba de ello son las mujeres separadas o divorciadas, marcadas por una sociedad que ve en ellas las únicas culpables de su situación. La injusticia una vez más se acentúa sobre ellas, la sociedad burguesa se empeña en hacer las culpables de una posición a la que ella misma la ha llevado.
2) SU FORMACIÓN CRISTIANA
Todo lo antedicho se agrava en la medida en que la mujer haya nacido y se desenvuelva en una familia tradicionalmente “cristiana”: su formación será incluso más cerrada. Asistirá generalmente a un colegio religioso o se moverá en círculos parroquiales; en ellos se le formará para el sacrificio, la dependencia, el segundo plano, el “seguimiento del marido”, como se ve bien claro en lo que se le exige y se le pide al contraer matrimonio. No es la igualdad entre dos, que se unen para de aquí en adelante luchar juntos, iniciar un camino en común, fortalecido por el amor, transmitiendo ese sentimiento hacia afuera, en la lucha por un mundo más justo y solidario, sino por el contrario la reafirmación de su dependencia, la “Eva costilla”, que se une al tronco del cual saliera Adán y por ello le debe sumisión y respeto.
Toda su formación cristiana desde pequeña está centrada en la “pureza”, el – guardarse casta, envuelta en su capa de egoísmo, para no ser tocada por el mundo, que puede contaminarla; de allí sus prácticas piadosas y apostólicas,
“cerradas en sí misma”, buscando su virtud, todo el mundo es malo pecaminoso, ella debe guardarse y cuidarse. Ello le impide ver su papel, lo necesa rio que sería su aporte en mejorar ese mundo malo, que no es malo, sino injusto, lleno de desigualdades, donde reina el interés, el dinero, el status quo, donde unos oprimen a los otros en aras de mantener una situación de privilegio.
Si ella pertenece a la clase social privilegiada y, por lo tanto, opresora, debe entregar aquello que le sobra a los pobres, cuidar a los enfermos, educar a los ignorantes, que por lo general son los oprimidos por su clase. Debe sacrificarse, dar algo de su tiempo a ello, pues Dios se lo pide así; en el tiempo que le queda se dedicará a cultivarse personalmente para luego poder formar una familia cristiana y ser una buena administradora del hogar y, por supuesto, educar a sus hijos siguiendo el ejemplo que recibió de sus mayores.
Si, por el contrario, pertenece a la clase obrera, proviene de una familia pobre, se le formará en la resignación: Dios ha querido que así fuera, debe aceptar esta situación, debe sacrificarse, ayudar en su casa, colaborar en las tareas domésticas; su educación quedará postergada; es más importante y necesaria para sus hermanos varones que para ella. Ellos deben trabajar, mantener un hogar, sacarlo adelante; en cambio, ella casi seguro que quedará en su casa, al cuidado de la misma y en su rutinario trabajo diario: si debe salir a trabajar, hará lo mismo, tareas domésticas, pero para otros, o si acaso tiene suerte, podrá entrar en una fábrica como obrera, en tareas también rutinarias, las más comunes y sencillas, las últimas en la escala del proceso productivo, y con los sueldos mãs bajos que existan en la empresa. Como ya sabemos, su trabajo es considerado en general mano de obra barata.
Tal vez todo este análisis aparezca como pesimista, o algo fatalista; pero ¿quién de nosotras, nacidas de los años 20 a los 60 de esta era no ha pasado en mayor o menor medida por esta etapa?
3) SU FORMACIÓN SOCIAL
Ella estará dada según la clase social en la que se desenvuelva. Si pertenece a la clase alta o media acomodada, su parámetro será la frivolidad, las reuniones sociales en las cuales ella es el mejor adorno, irá a lucirse, competirá con las demás mujeres, jugueteará con los hombres, lucirá hermosos trajes. Se reunirá con amigas en té-canasta y beneficios; organizará desfiles de modelos, kermeses, festivales “‘para ayudar a los pobres”, generalmente de países lejanos; una de sus mayores labores será la beneficencia, sobre todo si es ociosa y no necesita trabajar.
Seguramente se enrolará en alguna institución de voluntarias y dará algo de su tiempo en ayudar a los huérfanos, enfermos, ancianos o analfabetos.
Por supuesto muy pocas veces se detendrá a pensar de dónde proviene esta situación y qué podría hacerse para cambiar la de raíz.
Puede ser incluso que haga cursos de Trabajadora Social, enfermera, visitadora médica, asistente social, relaciones humanas, consejera familiar, etc., pero siempre con una actitud paternalista, para ayudar desde arriba a los que están abajo, a aquellos pobrecitos que han sido signados por el destino a vivir en la miseria, la pobreza, la injusticia social. Si tiene inquietud, dará mucho tiempo a esta labor, pero muy difícilmente podrá ver el fondo de la cuestión, pues está condicionada por una formación en la cual se le enseña que la sociedad está estructurada de tal manera que es intocable, incambiable; sólo puede hacerse algo para aliviar la situación de aquellos a quienes les ha tocado la peor parte en este mundo ya acabado en su construcción.
Si ella pertenece a la clase sumergida, su formación y desenvolvimiento social será mínimo, pues su misma condición se lo impide, será la muchacha, la criada, o, con más suerte, obrera o bien, en algunos casos, empleada de oficina. Entonces una de sus mayores ambiciones será encontrar un buen candidato para poder salir de esta situación (de aquí toda la producción literaria del sistema que vemos en cinenovelas, teatro, revistas, etc., en la cual la – muchachita pobre se enamora de un hombre rico y con ello cambia toda su situación y su vida futura).
Siempre es el hombre el que la salva; casi nunca puede llegar por ella misma. Así podemos ver que aún en aquellas sociedades que poseen más movilidad so cial, generalmente las mujeres que ascienden en la misma, siempre lo hacen ligadas a algún hombre o apoyándose en él; muy pocas son las mujeres que ascienden por sí mismas, por su esfuerzo, y aún aquellas pocas que lo consiguen son miradas con recelo y desconfianza. (Vaya a saber por qué medios – lo han hecho, qué cosas han hecho para poder llegar a esa situación, es lo – que suele decirse y pensarse en estos casos).
CONDICIONANTES DE CLASE
1) LA MUJER PROLETARIA (obrera, servicio doméstico, empleada, campesina.
Si bien no podemos englobar a todas dentro de la misma realidad y praxis, si podemos decir desde un análisis de clase que incluimos a las mismas dentro del mismo sector social.
La campesina en su mundo cerrado y pequeño, que es su familia y a veces su pequeña comunidad, la mayoría de las veces analfabeta, lleva sobre sus hombros la pesada carga del trabajo de la casa, el cuidado de los hijos, los más duros trabajos del campo y a veces la fabricación de artesanías, con cuya venta contribuirá al sostén de la familia. Su vida no tiene otro horizonte que éste y el mismo aislamiento contribuye a mantener esta situación de dependencia y opresión que lleva junto con toda su familia. Es la carga del campesino sin tierras, explotado y con pocas posibilidades de tomar conciencia de esta opresión, por su aislamiento. En la mujer campesina esta situación se agrava, pues, además, de ello, debe servir por lo general también a los hombres de su familia.
Si emigra a la ciudad, cosa muy común en la mayoría de nuestros países latinoamericanos, su destino, será además, si tiene que trabajar fuera de su casa, las tareas de servicio doméstico o de obrera fabril, cuando mucho; y si ha podido realizar algunos estudios, será un empleo de segunda en alguna empresa industrial o comercio.
Aquí debemos tener en cuenta, que en algunos casos se produce un cambio favorable y una toma de conciencia, pues al incorporarse esta mujer al trabajo asalariado, el contacto con otras en su misma situación facilita este proceso; podrá organizarse y agremiarse; se hará más clara en ella la situación de explotación, así se unirá a sus compañeras y luchará por sus conquistas. Aquí comienza un camino que en muchas se ha transformado en una real toma de conciencia y en la cual detectan su doble explotación de proletaria y mujer y sus posibilidades de organización y lucha para superar y vencer esta situación. A pesar de que muchas veces debe abrirse paso con muchas dificultades, este camino ha comenzado ya.
2) LA ESTUDIANTE, LA PROFESIONISTA
Generalmente pertenece a clase media o alta, pues el hecho de haber llegado a un nivel de estudios universitarios implica ya en nuestra sociedad un cierto
privilegio de clase. Sin embargo, en ella se dan una serie de condiciones que facilitan su toma de conciencia, estudiando la realidad de nuestras sociedades capitalistas, donde unos pocos gozan de grandes privilegios y las grandes mayorías son explotadas, sobre todo si son asalariados y viven de su fuerza de trabajo.
Podemos decir que en general la mujer que accede a un estudio superior, despierta a esta realidad y muchas veces comienza desde aquí un camino de compromisos que va desde la participación de una organización estudiantil, continúa con una práctica al servicio de los sectores populares y culmina muchas veces en un compromiso político y militante.
Esto lo analizaremos a fondo más adelante, sin embargo, es necesario aclarar que muchas corren el riesgo de aburguesarse al concluir los estudios y comenzar a ejercer su profesión; riesgo que corren por igual hombres y mujeres, por las necesidades y los valores que impone la sociedad capitalista; pero es necesario decir que en las mujeres esta situación se agrava por su misma condición de mujer, porque su familia tiende a absorverla y porque el hombre muchas veces, al casarse, le impone el renunciamiento a su profesión, aun a un ejercicio secundario de la misma, por lo cual aquella toma de conciencia se va adormeciendo y otros valores se le van imponiendo y va perdiendo sus inquietudes, en aras de ocupar el lugar que esta sociedad tiene reservado a las mujeres.
3) EL AMA DE CASA
Puede ser campesina emigrada a la ciudad, obrera, empleada o profesionista. Tal vez en su realidad se pierden un poco las diferencias de clase y encontramos al “ama de casa” estratificada en los distintos niveles y estamentos de nuestra sociedad, pero siempre determinada por un denominador común, la – chatura de su vida, su rutinario y repetido trabajo en el hogar, el aplastamiento de sus ambiciones e inquietudes y las pocas posibilidades de salir de esta – situación, al menos mientras la sociedad siga siendo burguesa y capitalista.
Unas pocas participarán, pero su misma responsabilidad de madre y esposa le hará muy difícil la continuidad de la misma, y muchas veces, aunque man tenga interés e inquietudes por adquirir un mayor compromiso y continuar en la lucha, se resignará a su papel pasivo dentro de la familia y sacrificará todo en función de ella, salvo en casos excepcionales.
Analizaremos ahora, a pesar de toda esta perspectiva y realidad que la condi ciona, el papel de aquellas mujeres que, superando escollos y venciendo dificultades, han podido realizar una praxis política revolucionaria y han abierto camino para otras que vienen empujando desde atrás, siguiendo el camino de las primeras, a pesar de las dificultades que esta sociedad les impone, pero que consideramos, si bien difíciles, no insuperables. La ruta ya está abierta, ya tenemos un sendero, ya no estamos solas, muchos compañeros y compañeras que han dado su vida por ello nos guían. Esto quiere ser una reflexión profunda frente a este nuevo desafío que nos impone la historia; por ello queremos aportar nuestra experiencia y continuar el camino comenzado. Sólo – así lograremos construir un mundo mejor para nuestros hijos y para las generaciones que nos continúen.
2) PRESENCIA DE LA MUJER EN EL PROCESO REVOLUCIONARIO DE AMÉRICA LATINA
A) EN GENERAL
Decíamos al comenzar que, si bien no hallamos a la mujer insertada y participando en forma masiva en los procesos de liberación de América Latina, – debemos sí reconocer que su presencia es cada vez mayor en cantidad y en – calidad. Encontramos pioneras, que han jugado y juegan un papel fundamental en este proceso, en todos los niveles y grados de militancia, comenzando desde prácticas cristianas, siguiendo por experiencias comunitarias, ya más insertadas en el proceso social, avanzando hacia las luchas sindicales, enrollándose en partidos políticos u organizaciones de base y militando totalmente comprometidas en partidos de vanguardia revolucionaria.
B) SU PRAXIS CRISTIANA
Hablaremos aquí en particular de la militancia y comienzo de una práctica en organizaciones cristianas dependientes de la estructura eclesial y en las cuales la mujer laica, tiene una función muy limitada, enfocada generalmente en forma paternalista, buscando una cierta justicia, pero siempre dentro de los límites que le impone el sistema social vigente, tibiamente reformista y dentro del esquema de “caridad cristiana” y la mayoría de las veces desligada de las luchas políticas y sociales del momento.
Sin embargo, esto ya la enfrenta con una dura realidad, con un mundo lleno de injusticia, donde el hambre, la desnutrición, el analfabetismo, la mortalidad infantil y la falta de trabajo, imperan por doquier; esto le va haciendo tomar conciencia, la golpea, hiere su sensibilidad, que choca contra esta injusticia que ahora se le presenta en toda su crudeza, y por tanto busca hacer al-go, comprometerse, dar mãs, pero la estructura la condiciona, tiene un límite, su paso más allá se convierte en subversivo, es peligroso, es el “comunismo” que quiere revertir toda la sociedad, que cuestiona los valores vigentes.
Sin embargo, a medida que se va comprometiendo, sobre todo si su práctica cristiana se realiza con sectores explotados y oprimidos, esta realidad la acucia, la cuestiona, busca el por qué de esta situación. El Evangelio la hace pensar: si Cristo predicó la justicia y dio su vida por ella, si el rico debe dejar todo y seguirle si quiere ser su apóstol, si echó a los mercaderes del templo, si llamó bienaventurados a los que sufren injusticia porque de ellos – será el reino de los cielos, ¿como puede ella aceptar esa realidad? Debe combatirla de raíz, buscar sus causas y eliminarlas, comprometerse más con esta realidad, luchar contra ella. Y entonces desemboca generalmente en un trabajo, si bien orientado dentro del cristianismo, más en relación con la base y los explotados. Se vuelca a colonias populares, barrios marginados, institutos de menores huerfanos, campañas de alfabetización de adultos, organización de sectores juveniles en barriadas humildes.
C) SU PRAXIS SOCIAL CRISTIANA
Ya aquí se le van agudizando las contradicciones. Es tanta la injusticia que – enfrenta, que su trabajo se pierde en la inmensidad. ¿De qué sirve, mientras se mantenga esta explotación? Se pregunta. ¿Cómo dar de comer a tantas bocas que piden alimento, a tantos niños que lloran de hambre, a otros que mueren por desnutrición? Y el Evangelio le sigue exigiendo. Pero su trabajo y su compromiso le parecen inútiles frente a esta realidad, y entonces va madurando hacia un proceso político. Ve que la falla está en los que detentan el poder, que mantienen esta estructura social que sostiene este sistema. Hay un cambio, más justicia, menos privilegios para algunos en detrimento de las mayorías. Aunque todavía no vea ni busque cambios radicales, aunque esta visión sea todavía algo tibia y reformista, ya va avanzando en su camino, haido evolucionando y busca ya una praxis política en partidos liberales, generalmente “cristianos” o socialdemócratas, aunque no demasiado radicales. Todavía no se atreve a romper amarras; todavía le pesa el fantasma del comunismo, aquel anticristo tan temido, pero que ya no va apareciendo tan terrible ante sus ojos.
D) SU VUELCO HACIA LA LUCHA POLÍTICA
Aquí llega uno de los mayores conflictos femeninos. Al inscribirse y actuar dentro de un partido político, construido por hombres e integrado en su mayoría por los mismos, ¿qué es lo que va a hacer allí? ¿Cuál es su lugar? Generalmente, “la rama femenina”, luchando por reivindicaciones domésticas, por leyes reformistas que beneficien algo a la mujer, pero sin cambiar las es saliêurase de quiere hacer otras cosas, ya no es demasiado bien vista, está saliéndose de los moldes impuestos y permitidos. ¿Qué pretende, hacia dónde va? Ya sus compañeros la miran con recelo y tal vez la tachen de ambiciosa. Todos luchan por lo mismo, pero ellos son hombres y ya tienen un camino hecho. Lo que para ellos es normal en política, para la mujer es nuevo y peligroso. Si se destaca mucho, si sobresale, se le ofrecerá algún cargo. Ello es importante; una mujer candidata en elecciones o en algún cargo de gobierno, da relevancia al partido que la propone, aparece como más democrático y en última instancia también sirve para captar el voto de las mujeres. Pero eso no cambia en nada su situación, ni la de la mujer en general. Es una excepción. Es mejor conformarla con alguna ventaja para que ya se deje de molestar con sus reivindicaciones femeninas. En el fondo es cambiar algo para no cambiar nada.
Esta es, de acuerdo a nuestra experiencia, la presencia de la mujer en los partidos políticos liberales. Es más bien una figura que adorna, que hace aparecer al partido como no marginando a la mujer; pero en el fondo se busca conformarla y detener sus aspiraciones de luchar contra las estructuras de una sociedad que la oprime y la margina, al igual que al proletariado industrial, al campesino y al indígena.
Hay mujeres que, no encontrando cauce en estos partidos y a medida que van aumentando sus inquietudes femeninas, se enrolan en movimientos feministas, que ya centran sus luchas en la problemática concreta de la mujer. Pero siempre dentro de la sociedad burguesa, no buscan romper moldes, sino una igualdad utópica, imposible de realizar dentro de una sociedad donde la marginación y la injusticia son sus mayores sostenes.
Esto tampoco conforma a aquellas que buscan un cambio total, un modelo de sociedad socialista, donde desaparezca la explotación de los sectores que viven de su fuerza de trabajo, y entonces la mujer va comprendiendo cada vez más que debe insertar sus luchas dentro de otra más amplia: la lucha de clases. Sólo allí podrá obtener la verdadera liberación y la igualdad buscada.
E) SU PRAXIS EN ORGANIZACIONES DE BASE Y PARTIDOS POLÍTICOS REVOLUCIONARIOS
Aquí y luego de estas experiencias, se produce el gran salto a una militancia comprometida con el pueblo, que puede ser en organismos de base o en partidos revolucionarios. Depende de la realidad de cada país, asi como del grado de conciencia y politización del pueblo en general.
Como ya dijimos, la mujer cristiana que fue evolucionando desde una práctica en organizaciones de postolado dentro de la iglesia, pasando por experiencias de trabajo social y político, ha desembocado por fin, en una militancia en el seno de su pueblo y se ha volcado totalmente hacia la lucha revolucionaria, a veces incluso teniendo que enfrentar situaciones de violencia.
Y ¿Qué pasa ahora? ¿Cuál es su papel? Todavía aquí tiene que enfrentar un doble combate: luchar junto a sus compañeros en esta entrega total a una causa que considera justa, ganarse con coraje y con valor un puesto en la organización y demostrar que a pesar de sus “debilidades femeninas” es capaz de trabajar codo a codo junto al hombre.
Sin embargo, aún ahora será postergada, o se le exigirá más. Se pensará muchas veces antes de darle una responsabilidad; siempre se preferirá a un hombre, pues es más seguro, tiene menos problemas, etc. Aún en las organizaciones revolucionarias se mantienen los esquemas y lugares que la sociedad burguesa reserva para la mujer.
Si no es así, se tratará de separarla de su condición femenina y ella, no demasiado segura y para responder a ello, aceptará, asumirá actitudes de hombre, competirá con él; empuñará un arma, si es necesario; y hará todo cuanto se le exija, con tal de no ser postergada. Le costará a ella misma reafirmarse como mujer, demostrar que no es menos, sino diferente; que luchar por la justicia no significa renunciar a su condición de mujer, sino, por el contrario, integrarlo en el proceso revolucionario.
Como conclusión, podemos decir que todavía resta mucho por hacer en este camino que hemos elegido, en esta lucha de liberación en que nos hemos empeñado. La batalla es difícil y nosotras, como mujeres, aún arrastramos ese lastre que hemos heredado de esta sociedad capitalista. Tenemos que demostrar también a nuestras compañeras revolucionarias, que no queremos seguir siendo objeto, que queremos ser un sujeto de la revolución y el cambio; ese sujeto indispensable y único, parte fundamental de la especie humana; que no estamos metidas en el proceso por seguir a nuestros compañeros; que somos capaces de decidir, optar y jugarnos junto a ellos, con el mismo grado de compromiso, sin dejar por ello nuestra condición femenina, sino, por el contrario, poniéndola al servicio de la utopía final: alcanzar la justicia social que hombres y mujeres queremos para la humanidad entera.

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